Article de Jaume Funes a cuadernos de Psicodegogía (‘El vicio de educar’)
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Recientemente, un alumno que iniciaba la ESO y la adolescencia, en una escuela “informatizada” en la que cada alumno tiene su portátil y va siguiendo al profesor que explica en la pizarra digital, confesaba a su padre que todos sus compañeros andaban buena parte del tiempo en facebook. El relato proseguía: “han bloqueado en Internet el acceso a esas páginas, pero los compañeros ya han encontrado otra forma de conectarse”. Resulta que al menos dos terceras partes de los alumnos de una clase de Secundaria pasan todas las noche un buen rato conectados a sus redes virtuales. Pero la primera respuesta que reciben, cuando iniciamos por la mañana nuestra tarea de ayudarlos a aprender, es que sólo vale el pdf de la lección que toca, que hablar de lo de la noche anterior está prohibido.

En el mundo de la educación (no sólo en el de la escuela) existe una especie de reacción automática cada vez que un cambio social, tecnológico, pone en crisis nuestra manera de educar y enseñar: primero, control. Siempre comenzamos buscando una manera de inhabilitar todo aquello que nos desborda o hace que se tambalee nuestro edificio pedagógico y didáctico. No pretendo analizar aquí lo que supone educar en la sociedad de la información sino tan sólo reflejar nuestra inveterada tendencia a resistir a la innovaciones (más si éstas son poco menos que revoluciones).

Una actitud abierta de permanente renovación educativa no comienza por intentar el control sino por compartir los estímulos y las fuentes. En el caso que nos ocupa no comienza por bloquear accesos sino por tener los  ordenadores en red y poder proyectar en la pizarra la redacción de facebook de cualquiera de los alumnos (sorpresiva o planificadamente). Cuando el mundo de nuestros alumnos y alumnas cambia aceleradamente, la propuesta de inevitable innovación pasa por una secuencia perfectamente conocida: primero, observar sistemáticamente sus mundos; después, compartir lenguajes comunicativos y fuentes de conocimiento; y por último, demostrar con hechos que su vida y la escuela tienen algo en común.

Muchos de los controles no sólo son inútiles y contradictorios sino que son imposibles. Si sus neuronas, afectos y razonamientos están, en algunos momentos, virtualizados, la educación creativa es aquella que construye y analiza frases compuestas con un evento de tuenti o estudia las magnitudes proporcionales con el análisis de los amigos de fotolog.